La historia de Gigō Funakoshi: el karate como reconstrucción
el karate como reconstrucción personal
En Caminar Erguido, la primera novela de la trilogía, juego a contar una historia en dos tiempos.
El presente narrativo se sitúa en 1945, después de los bombardeos de Tokio. Desde ese mundo destruido, los capítulos paralelos comienzan a reconstruir el pasado. El presente de 1945 ayuda al lector a viajar hacia atrás para comprender cómo se llegó hasta allí. Porque ese presente tampoco es el nuestro: también necesita ser descubierto, interpretado y comprendido.

De este modo, la novela recorre algunos de los momentos más importantes de la vida de Gichin Funakoshi. Algunos están documentados. Otros pertenecen a las historias transmitidas durante generaciones, a los recuerdos de sus alumnos o a las leyendas que terminaron rodeando su figura. Y otros forman parte de la ficción, no para sustituir a la historia, sino para intentar narrar aquello que probablemente sucedió, aunque ya no podamos saber exactamente cómo.
Con esa misma idea nació el segundo libro "Bushi. El guardián de Shuri", dedicado a Matsumura Sōkon.
En este caso, el viaje nos conduce a una Okinawa mucho menos documentada. Un territorio en el que la historia, la tradición oral y la leyenda se entrelazan constantemente. Esa falta de certezas permite jugar con los relatos conocidos para construir una narración sobre los últimos tiempos del Reino de Ryūkyū. A través de Sakugawa y Matsumura Sōkon, el lector puede observar cómo determinadas prácticas de combate fueron transmitiéndose, transformándose y adaptándose hasta que el Tōde terminó convirtiéndose en una de las bases de aquello que, con el paso del tiempo, llegaría a llamarse Karate-dō.

Y entonces llegamos al tercer libro: la historia de Gigō Funakoshi.
Conviene aclararlo desde el principio: Gigō no creó el estilo Shōtōkan. Su padre tampoco.
Estas novelas no tratan sobre el «estilo Shōtōkan». Tratan sobre personas reales que participaron en la modernización del karate y que formaron parte de las primeras etapas de una transformación mucho más amplia.
Cuando hablo de modernización, hablo de un proceso iniciado hace aproximadamente un siglo. Hablo de aquello que hoy solemos considerar karate tradicional, no de su posterior desarrollo como deporte de competición. Sin embargo, muchas de las preguntas que surgieron durante aquella transformación continúan abiertas. No siempre existen respuestas definitivas, pero conocer el contexto en el que aparecieron nos ayuda a comprender mejor el karate que ha llegado hasta nosotros.

Una novela diferente
La novela sobre Gigō es distinta a las anteriores de la misma trilogía.
La historia comienza desde el punto de vista de un niño que va creciendo mientras intenta comprender el mundo que lo rodea. Primero descubre su propio cuerpo: sus debilidades, sus límites y la enfermedad que amenaza con acortar su vida. Después comienza a descubrir que ese cuerpo también puede ser trabajado, educado y transformado.
Gigō utiliza primero el Tōde y, más tarde, el karate como una forma de autorreconstrucción.
Quizá también como una cura.
O tal vez simplemente como un camino que le permita prolongar su vida todo lo posible, más allá de aquello que los médicos habían pronosticado para él.
Su relación con el karate no nace únicamente del deseo de aprender a luchar. Nace de la necesidad de cambiarse a sí mismo. De fortalecer un cuerpo frágil. De encontrar una disciplina que le permita avanzar cuando la enfermedad parece haber decidido su destino de antemano.
Y es posible que esta historia resulte familiar a muchos lectores.
¿Cuántos de ustedes comenzaron a practicar karate porque un médico, un maestro o sus propios padres pensaron que podía ayudarlos?
A los niños inquietos.
A quienes sentían vergüenza o inseguridad.
A quienes sufrían acoso.
A quienes tenían dificultades para relacionarse con los demás.
A quienes nunca encontraban su lugar en los deportes de equipo.
¿Les resulta conocido?
El karate también ha sido siempre eso. No solamente una forma de combate, sino una herramienta para aprender a habitar el propio cuerpo, controlar el miedo, relacionarse con los demás y construir una versión más fuerte de uno mismo.
La historia de Gigō Funakoshi es una de esas historias.
La historia de un niño que recibió un diagnóstico, pero se negó a aceptar que ese diagnóstico debía decidir por completo quién sería.
La historia de alguien que convirtió su fragilidad en el punto de partida de una transformación.
La historia de un hombre que quizá no logró vencer a la enfermedad, pero que consiguió vivir más, crear más y dejar una huella mucho más profunda de lo que nadie había imaginado.
Creo que esta novela les va a gustar. Estoy convencido de ello. He escrito las dos anteriores para llegar a esta historia, que es mucho más cercana a todos de los que pueden imaginar, y que va más allá del estilo de karate que practique. Incluso del arte marcial que practique. Aunque muchos, hoy día, están inspirados de manera directa o indirecta por lo que pasó en este lugar y momento de la historia.
Oss.
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