La historia de Gichin Funakoshi
Novela de ficción inspirada en hechos reales
de Milton Chanes
Novela de ficción inspirada en hechos reales de Milton Chanes
Gichin Funakoshi fue un niño débil, frágil en su infancia, que encontró en el Tode un camino espiritual y de fuerza física que lo acompañaría durante toda su vida.
Bajo la guía de Asato e Itosu, comprendió que el Karate (como sería llamado más tarde) era una disciplina interior y un entrenamiento del carácter.
Desde Okinawa hasta Tokio, transformó este arte secreto en una disciplina universal, enseñando siempre con humildad: el karate debía ser un camino de vida, nunca un instrumento de violencia; evolucionando finalmente hacia el Karate-Do al integrarse en el Budo. Esta es su historia.
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Gichin Funakoshi y la paradoja de un arte sin primer ataque
Tokio, primavera de 1945.
No es una escena de victoria ni de cierre heroico. Es devastación. La ciudad es un desierto de cenizas y escombros tras los bombardeos incendiarios de marzo. Entre las calles arrasadas avanza lentamente un hombre de 76 años, en silencio, observando lo que queda del lugar donde había concentrado su vida entera. Su hogar. Su dōjō. Todo reducido a polvo.
Ese hombre es Gichin Funakoshi.
La imagen es poderosa porque condensa toda su trayectoria: el final de una guerra y, al mismo tiempo, la prueba definitiva de una filosofía que nunca dependió de muros, techos ni reconocimientos externos.
Funakoshi no nació fuerte. Al contrario. Fue un niño enfermizo, frágil, de salud precaria. Tenía apenas cinco años cuando los médicos familiares dejaron un diagnóstico demoledor: cuerpo débil, necesidad de calma, cuidados constantes. Su familia pertenecía a la clase shizoku, descendientes de la antigua aristocracia del Reino de Ryūkyū, pero el linaje no protegía del cuerpo.
La recomendación médica fue, paradójicamente, aprender tō-de —el arte marcial local de Okinawa— no para luchar, sino como una estrategia de supervivencia.
Durante su infancia pasó más tiempo en interiores que en patios de entrenamiento. Estudió caligrafía, literatura clásica, poesía. Aquello no fue un pasatiempo secundario: allí se formaron su paciencia, su capacidad de observación y, sobre todo, una cualidad que marcaría toda su vida como maestro: saber escuchar.
El karate no llegó a él como un camino de violencia, sino como una vía moral y espiritual.
El arte que aprendió no provenía de una sola fuente. Se formó en la tensión entre dos grandes maestros, tan distintos como complementarios.
Por un lado, Ankō Asato: aristócrata, estratega, experto en esgrima y tácticas militares. Con él, Funakoshi entrenaba de noche, en secreto. Repetía un solo movimiento durante horas, a veces días, hasta que dejaba de ser técnica y se volvía parte del cuerpo. Asato no enseñaba formas: enseñaba internalización.
Su lección esencial era clara: no basta con aprender el kata, hay que convertirse en el kata.
Por otro lado, Ankō Itosu: el gran reformador. Más cercano al pueblo, obsesionado con la pedagogía. Fue quien sacó el arte de las sombras y lo llevó a las escuelas públicas. Comprendió que los katas tradicionales eran demasiado complejos para cuerpos jóvenes y creó, entre 1901 y 1905, los cinco katas Pinan, diseñados para educar, calmar y formar carácter. No buscaban agresión, sino equilibrio.
Itosu fue también quien envió en 1908 sus famosos Diez Preceptos al Ministerio de Educación japonés, afirmando algo revolucionario para su tiempo: el karate no era un arma, sino una herramienta de formación humana.
Funakoshi estuvo allí, ayudando a enseñar, absorbiendo esa visión. Gracias a esa estandarización, el arte dejó de ser un secreto regional y se volvió transmisible.
En 1922, Funakoshi fue invitado a Tokio para realizar una demostración en el marco de un evento nacional. Tenía 54 años y era un completo desconocido en el Japón continental. A pesar del respeto que despertó entre figuras clave del budō moderno, su vida cotidiana fue dura.
Para sobrevivir, aceptó un trabajo como conserje en una residencia estudiantil. Un hombre de linaje samurái barriendo pisos para pagar una habitación.
De noche, cuando todos dormían, salía al patio y practicaba katas avanzados bajo la luz de la luna.
Ese contraste define su carácter mejor que cualquier biografía.
De esas prácticas silenciosas nacieron los primeros clubes universitarios. Con el tiempo, surgiría el Shōtōkan, la “Casa de los Pinos Ondulantes”, nombre tomado de su seudónimo poético y del sonido del viento entre los árboles de Shuri, su hogar natal.
El famoso emblema del tigre —diseñado por un amigo artista— no es solo una imagen de fuerza. El círculo imperfecto dibujado de un solo trazo simboliza la armonía. Y el detalle clave suele pasar desapercibido: la cola del tigre apunta hacia abajo, como un pergamino enrollado. Es una referencia directa a los antiguos rollos de enseñanzas secretas.
El mensaje es claro: el poder existe, pero está contenido. Revelado solo a quien sabe mirar.
En 1935, Funakoshi publica Karate-dō Kyōhan, haciendo público lo que antes se transmitía de forma reservada. Un gesto coherente con su idea de un budō transparente, ético y responsable.
Volvemos a 1945. A las ruinas. Un alumno le formula la pregunta inevitable:
¿Cómo se justifica aprender a combatir cuando el ideal es la paz?
La respuesta define toda su herencia y quedó grabada en piedra:
Karate ni sente nashi.
En karate, no existe el primer ataque.
Dominar técnicas devastadoras sin jamás iniciar un conflicto obliga a una lucha interior constante. El verdadero combate es contra el ego, la ira, el orgullo. Si puedes evitar la pelea —o terminarla sin haberla comenzado— estás más cerca de la maestría.
La victoria auténtica no deja cicatrices visibles.
Esa tensión también vivió dentro de su propio dōjō: entre alumnos que defendían la tradición inmutable y su propio hijo, Gigo Funakoshi, innovador brillante que transformó el karate moderno con posturas profundas y técnicas dinámicas.
Funakoshi no eligió un bando. Entendió que la tradición no son las formas, sino los principios que las sostienen. Mientras el espíritu permanezca, el cambio no es traición: es continuidad.
Ese mismo principio se expresa en el concepto del embusen, la línea del kata: empezar y terminar en el mismo punto. Si no regresas al origen, algo falló en tu equilibrio, tu atención, tu espíritu.
Ante los escombros, Funakoshi reunió a sus alumnos y dijo algo que resume toda su vida:
El dōjō no es más que un lugar que nos protege de la lluvia.
Lo esencial no son las paredes. Es estar juntos.
Había perdido el edificio, pero no el camino. Su embusen interno permanecía intacto.
Y nos dejó una pregunta que sigue vigente:
Si tu vida fuera un kata,
¿cuáles son los principios internos que te permiten volver siempre a tu punto de partida moral,
cuando todo a tu alrededor se derrumba?
Esa, quizá, es la enseñanza más profunda de Gichin Funakoshi.